Cuando finalmente llegamos a San Juancito, ese martes 20 de Agosto de 1923, más o menos, a las 8 de la noche, me pareció haber entrado en una pequeña ciudad minera dentro de una nube celestial. ¡Habían luces amarillas incandescentes por todas partes, iluminando todas las calles, en todo el pueblo! Además, el ruido grave y profundo de los molinos para broza; las pilas para procesar; los trenes eléctricos llevando materiales y hombres; todo ese movimiento me dejó una fuerte primera impresión. Sabía que allí nunca había pausas, como en Nueva York.

 ¡Ya me habían contado miles de historias sobre el célebre San Juancito! Un pequeño lugar en medio de ninguna parte, donde ocurrían eventos de lo más extravagantes e inolvidables: Las fortunas ganadas y perdidas en los célebres pero clandestinos juegos de azar, organizados y llevados a cabo por los “grandes dones y señores” de toda la región; las mujeres de todos los tamaños y colores, transitando por el lugar en busca de un buen partido; los finos y costosos caballos; las ropas y el calzado de lo más refinado; bebidas, chocolatería y confitería, importadas; y las variadísimas oportunidades de negocios disponibles, principalmente para gentes con oficio y emprendedores...

Yo ya había vivido y conocido toda clase de experiencias. ¡En esta ocasión venía con el firme propósito de hacer una pequeña fortuna! Los varios oficios aprendidos en la escuela del ejército francés durante mi servicio activo; luego, mi corto pero intenso trabajo para el coronel Andrews, en su rancho de Oregon; además, de mis fracasos anteriores y mi madurez en ese momento (Tenía treinta y cinco años), me garantizarían meterme en menos problemas y realizar más propósitos.

A la mañana siguiente me presenté con míster Cooper, el mayordomo del consulado estadounidense. Me dio una larga lista de pequeñas reparaciones y me acompañó a ver cada una de ellas, dentro y fuera de la casa del Cónsul. Luego me solicitó el detalle de los materiales necesarios, para conseguirlos inmediatamente. Barón, un negro extremadamente delgado, criado del Consulado, traería todo lo solicitado.

Fuimos a la cocina donde ya se preparaba el almuerzo, y debía empezar con algunos desajustes en las tablas del piso y el techo… ¡Qué olor tan delicioso! ¡Creo que por eso terminé tan rápido! Marina, la jefa de cocina, me preguntó si ya había terminado las reparaciones a lo que contesté con un movimiento afirmativo de cabeza. Entonces me pidió sentarme en la mesa de los empleados y me sirvió un plato con “carne sancochada, arroz, frijoles parados y tortillas de maíz negro”; ¡Pocas veces había comido una combinación tan deliciosa de alimentos! Salí al patio porque Barón había traído todo.

Mientras revisaba el contenido de la caja, crucé la mirada con una de las muchachas quienes habían limpiado la cocina, cuando terminé.

No pude evitar sonreir ante una mulata tan bella y agradable. Ella permaneció seria e inmutable. A los 21 días de haber llegado, no solo había hecho todas y cada una de las reparaciones solicitadas en el Consulado; también había efectuado otros tareas similares en otras casas de "los gringos".

¡Para ese momento había obtenido una ganancia de 46 dólares! ¡Cumplía mis aspiraciones, por encima de mis expectativas! Ese día, por la tarde, apareció míster Cooper para solicitar un trabajo muy especial: La instalación de un inodoro; el primero de su tipo en San Juancito. ¡Me pagarían 12 dólares si lo terminaba en tres días o menos!, pues se acercaba las fiesta local de independencia y la esposa del Cónsul esperaba utilizarlo con normalidad para entonces.

En ese mismo instante fui con él al consulado, para revisar y planear todo. El inodoro era uno llamado “The Dolphin”, del cual había instalado varios, pues era esa precisamente mi especialidad antes de entrar al ejército; pero la abandoné por la carpintería y la herrería, al resultar más rentables. Lo logré poner en perfecto funcionamiento en solo 36 horas de trabajo, con ayudantes pagados de mi bolsillo. Hice su entrega formal a Míster Cooper, después de haberme bañado y vestido para la ocasión. Cuando jaló de la cadena, la taza del retrete efectuó el enjuague con la turbulencia normal.

Después de observar otros detalles importantes, me invitó a la cocina, donde me esperaba mi paga, y un plato servido con “carne sancochada, arroz, frijoles parados y tortillas de maíz negro”. Mientras comía total soledad, pues había una reunión en el salón principal de la casa, entró la muchacha mulata con unas bandejas. Esta vez no le presté atención y continué masticando en silencio. Cuando me dijo en un elegante francés: “¿Entonces, no me volverás brindar una de tus sonrisas?” Levanté, sorprendido, los ojos del plato, y cuando me crucé con su mirada y su fabulosa sonrisa, me di cuenta que ya no me marcharía de San Juancito…

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