Ahora recuerdo con suma claridad, eventos ocurridos hace más de cuarenta años... ¡Cuánta razón tenía mi abuela, cuando afirmó que pasando los sesenta, comienzan a aflorar con gran nitidez, los recuerdos más antiguos! Yo siempre había admirado a Don Francisco desde mi niñez. En casi cualquier tertulia o reunión se hablaba de su gran conocimiento de las leyes, sus protocolos, procedimientos e interpretaciones; y sus definiciones sobre lo justo o adecuado. ¡Lo más sorprendente para mí, era escuchar cómo se referían a él, las esposas de los hombres más eminentes de Tegucigalpa! Pues Don Francisco, aunque no había estado en ninguna academia, se había leído más libros y conocía más autores que incluso el padre Marroquín.

 Y no solo cultivaba su intelecto! Poseía también muchas habilidades de guerrero profesional, pues en varias ocasiones lo vi practicando con una antigua espada, herencia de su familia, contra algún contendiente armado con machete; su gran facilidad para cabalgar en carreras y competencias; la fabulosa puntería con la lanza, estuviera a pie o montado.

Y su proverbial fuerza y vigor, a pesar de no contar con una gran musculatura... Hablé con él por primera vez cuando tenía yo 14 años. Fue en ocasión de regresar a Comayagua para continuar mis estudios; andaba todo raspado porque había caído desde una mula, con tan mala suerte de permanecer enganchado por el pie, en la montura.

Don Francisco me miró con mucha atención y preguntó cómo era posible que no me hubiera herido la cara. Le contesté que había hecho un gran esfuerzo para zafarme el pie, y seguramente el movimiento había evitado los raspones en el rostro. Luego me contó una de sus historias sobre los trucos para cabalgar como gallardo e impecable jinete.

¡Le creí todo lo que me contó!, y por eso desde entonces, cuando ando a caballo, incluso sin silla, tengo la costumbre de abarcar con firmeza, pero sin miedo, la panza del animal con mis piernas. Lo vi unas pocas ocasiones más, después de esa brevísima conversación, pero sin cambiar palabras.

Hasta esa tarde del 10 de noviembre de 1827, en Choluteca, cuando nos decía las últimas instrucciones por si encontrábamos con los hombres de Justo Milla, antes de llegar a Tegucigalpa el 12... Para ese entonces me había transformado en un consumado jinete, con centenares de cintas ganadas en competencias. Además, sabía muy bien usar la lanza y el machete.

Aitor, un euzkeda amigo de la familia, me había enseñado los trucos para ganar una pelea “de calle”. ¡Lo cierto es que nunca había matado a un hombre! Sí había peleado hasta sangrar, pero la perspectiva de combatir como una fiera acorralada me helaba las tripas.

¡Francamente, sentía ganas de huir como vil cobarde, hacia Nicaragua! Cuando repentinamente Don Francisco se me quedó viendo fijo y muy serio: “Un hombre de verdad reconoce cuando no puede escapar de su destino...” me dijo con gran énfasis. Creo que leyó en mi expresión lo que pasaba en mi interior; sentí náuseas y una sensación de algo inevitable; luego cuando me despertaron, a la medianoche para ir en la avanzadilla sentí una alegría inexplicable. Yo iría al primero, pues mi caballo era muy negro de pelaje.

Llevaba mi lanza, dos pistolones y tres machetes muy bien afilados. Cuando partimos, recordé a Aitor quien me dijo en una ocasión: “Un buen guerrero es piadoso. Por eso mata como un relámpago”. Llegamos al Cerro La Trinidad, unas dos horas antes que Don Francisco y Don Remigio. Limpiamos y preparamos el lugar para establecer algunos puestos de vigía, tal como se había acordado.

Descansaríamos en ese lugar, para luego marchar hacia Tegucigalpa por la tarde-noche, y atacar al amanecer. Nos dirigíamos hacia el Cerro Milla para establecer otros puestos de vigía, cuando en un recodo del camino observé con gran terror un grupo de hombres con un cañón muy bien pulido apuntándonos; estábamos a cortísima distancia, cuando dispararon.

Recuerdo cómo alcancé a tirar la lanza en dirección de los servidores del cañón, luego la espesa nube de humo, varios de mis compañeros cayendo, y mi caballo, muy nervioso tratando de derribarme sin lograrlo. ¡Tuve muchísima suerte, porque sentí el proyectil cruzando muy de cerca! Cuando logré dominar al caballo, regresé hacia donde estaba Don Francisco, galopando a tal velocidad que creí estar volando.

Él ya sabía de lo ocurrido, pues lo había visto todo desde el Cerro La Trinidad. Aunque estaba muy serio, pude percibir su alegría al verme ileso, a pesar de lo ahumado de mis ropas. Me pidió llevar un mensaje para Don Remigio, lo cual hice inmediatamente lo tuve en mi faltriquera. Sentí con mucha confianza a mi caballo cuando partía, en ese momento.

Llegué donde Don Remigio en unos pocos minutos; se miraba muy sereno, como si estuviera jugando a las barajas. Abrió el papel con las instrucciones y me ordenó avanzar de primero, por el costado a barlovento, del cerro. ¡Ya no tenía miedo! Por lo menos eso sentía yo.

Sí podía percibir todos los olores y sabores del momento; mis oídos detectaban hasta el soplido más leve del viento; con mis ojos podía distinguir muy bien lo que había detrás de los arbustos. Cuando llegamos a la otra cara del Cerro Guapinol observamos una gran cantidad de hombres a pie, y bien armados.

Ninguno de ellos se dio cuenta de nuestra presencia, aunque estábamos muy cerca de donde marchaban. Inmediatamente don Remigio escribió un mensaje para don Francisco, el cual llevé, muy presto. Cuando hube regresado a la posición de don Remigio, este mantenía a raya a la mayoría de los hombres a pie de Milla, con disparos de mosquete, muy bien ordenados y certeros; y cuando tocaba, con lanza y machete. La mayoría de estos milicianos que miré en las cercanías del camino, en la parte baja y media de la falda, estaban mal heridos o muertos... Recuerdo cuando escuchamos el griterío de los hombres a caballo huyendo hacia el monte, aterrorizados. Algunos de los heridos hacían un último esfuerzo para levantarse y pedir ayuda, pero los caballos iban de lado, o simplemente les pasaban encima, atropellándolos sin detenerse.

¡Ese fue el final! Por la tarde, pasé por el lugar donde aun estaba el cañón pulido, junto al cual vi a un muerto atravesado completamente por mi lanza; era un joven, como yo en ese entonces, solo que tenía barba y era rubio; aun mantenía sus ojos pardos bien abiertos, como en una expresión de sorpresa y dolor simultáneo... no recuerdo si lloré o no. Si recuerdo la profunda tristeza y vergüenza experimentada en ese momento... ¡Quien nunca empuñó un machete con el ánimo de agredir a otro ser humano, muy semejante en edad y condición social, no va entender por qué uno nace y muere en cada batalla! Ahora, cuando lo recuerdo a mis 61 años de edad, aun me pregunto si se hubieran hecho las cosas diferentes... José Trinidad Cabañas nació en Tegucigalpa el 09 de Junio de 1805. Cuando luchó en la batalla de La Trinidad tenía 22 años. Era totalmente inexperto. Murió a los 65 años, en Comayagua, un 08 de Enero de 1871.

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