Desde que me presenté por primera vez en el escenario del Teatro Nacional Manuel Bonilla, en Octubre de 1988, comencé a escuchar las historias sobre apariciones y sustos dentro del edificio. En aquellos días aun trabajaba como jefe de piso Ventura o “Venturita” como le conocían los teatristas. Era él quien narraba la infinita variedad de anécdotas que le habían ocurrido, pues ya llevaba trabajando en el teatro cerca de dos décadas para ese entonces.

Nos dijo, cuando acomodábamos nuestros vestuarios en el camerino: “Aquí fue donde apareció muerta una bella bailarina, quien se envenenó por despecho amoroso; dicen que cuando la encontraron se miraba blanca como el papel bond, con sus labios rojos y demás maquillaje, que la hacían parecer como una muñeca inanimada. Una vez, mientras ensayaban las alumnas de la Escuela de Danza, apareció en el fondo, una bailarina espigada y muy precisa en sus pasos. Cuando Merceditas Agurcia preguntó por la chica, nadie sabía de quién estaba hablando…”

Luego, al notar nuestra sugestión, continuaba: “…cuando años después murió Mercedes Agurcia, se escucharon en el teatro pianos que se tocaban solos; algunos de nosotros incluso vimos la silueta de Merceditas, caminando por los camerinos o en los balcones donde solía sentarse para dirigir las coreografías.”

En otra temporada, mientras preparábamos escenografía y utilería para la Puesta en Escena de la pastorela “Elisa” de José Trinidad Reyes, Venturita nos relataba: “Allá en los años sesenta, cuando el primer gobierno de Oswaldo, habían unos electricistas muy competentes arreglando una instalación justo aquí en la boca del escenario, en ese espacio sobre ese balcón (señalaba hacia el balcón derecho para el público; el cercano al espacio del Jefe de Piso, en el escenario) estaban bromeando; parece que uno de ellos estaba de goma… y pues se enredó en los cables, perdió el equilibrio y al intentar salvarse de caer en el vacío se agarró de sus compañeros a quienes jaló para caer en el foso, todos de cabeza… (¡Silencio expectante entre quienes le escuchábamos con atención!) Por eso en ocasiones, cuando estoy solo, probando las luces, buscando algún foco malo, escucho primero como un ruido de ratones, para luego escuchar que se transforman en voces muy suaves de hombres que hablan; lo que se habla cuando uno está concentrado en el trabajo; luego cuando me asomo a ver, ocurre un silencio abrupto y no veo a nadie…”

Frecuentemente nos quedábamos trabajando hasta la madrugada, incluso dormíamos sobre el escenario o en los camerinos del Manuel Bonilla, pues los teatristas en esa época (1980 – 1990) hacíamos un trabajo en común, preparándonos para la presentación respectiva. Esto incluía una rutina diaria de ejercicios físicos; luego ejercicios de actuación; el ensayo y montaje de las escenas y finalmente, algunas colaboraciones con la escenografía y la utilería. Continuaba entonces Venturita: “En el balcón presidencial a veces aparece el general Manuel Bonilla, quien nunca vio el teatro terminado. Unas veces está sentado; otras de pie, con su bastón y su sombrero de cuatro pedradas….”, le pregunta un compañero: “¿Pero Manuel Bonilla no usaba sombrero en recepciones; solo cuando iba al combate? ¿Está seguro que era Manuel Bonilla?” Venturita, sorprendido: “¿Y quién más podría ser, sino?” Pregunta de nuevo el compañero: “¿Froylán Turcios? Él fue el encargado de dirigir las obras del teatro, por el general. Seguramente vivió muchas dificultades y momentos importantes aquí…” Venturita, aun sorprendido, permanece un momento pensativo, luego agrega: “¡Bueno! ¡Quizás! Aquí aparece mucha gente que amó este lugar… tal vez algún día yo mismo me les aparezca a ustedes.”

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